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La hora del urogallo


• Animales •


 Foto

Un ejemplar macho de urogallo en época de celo. Foto: Gaztelu.

■ La del alba en los bosques del Pallars Sobirà.

Aún faltan dos horas para que amanezca en los valles más altos del Pallars Sobirà, en los hayedos y abetales que pueblan el alto Pirineo de Lérida. El cielo, negro y estrellado, apenas despide algo de luz; la suficiente para que la nieve acumulada en el suelo la amplifique, bañando el bosque en una luz espectral. Suficiente para avanzar.

Esta hora que precede al amanecer es la más fría del día. Pero eso no es importante en estos bosques de montaña, último reducto en el sur de Europa para algunas especies originarias de los gélidos bosques boreales. Los urogallos, entre otros. Por eso, pese a los varios grados bajo cero, un mochuelo boreal ulula a la noche. Una llamada pulsante y larga, muy frecuente en la taiga del norte pero bastante rara en estas latitudes más meridionales. Inmediatamente, un corzo ladra asustado, y corre hacia el fondo del valle.

Poco a poco nos aproximamos al cantadero de los gallos de bosque. Podemos percibir, muy lejos, la voz de uno de los machos. A la vez, del murmullo del valle se destaca un ronroneo, seguido de un fuerte silbido: una becada pasa por encima, rápida como una flecha.

De repente la pendiente se suaviza y se abre un claro entre el arbolado. Las hayas son más viejas, con grandes ramas bajas. Estamos en una especie de mirador sobre los valles, el emplazamiento elegido por los urogallos para escenificar los cortejos. La silueta de uno de ellos se recorta, negra, contra la negra noche. Al tiempo que su voz, metálica y estridente, se eleva sobre el silencio que reina en esta hora previa a la madrugada. Una voz poco agraciada desde un punto de vista musical, pero que sugiere como pocas la esencia de la última naturaleza virgen, remota y perdida. Otro ejemplar, algo más retirado, le da la réplica.

Según el estudio clásico de Javier Castroviejo, la secuencia de canto del urogallo se puede dividir en varias fases. Empieza con unos chasquidos guturales, metálicos, llamados redobles cuando suena articulado; unos y otros preceden a la estrofa completa, y parecen expresar atención y desconfianza. Viene después el castañueleo, al precipitarse los chasquidos anteriores, seguido del taponazo, una nota aislada con un sonido semejante al que se produce al descorchar una botella, y la seguidilla, formada por una especie de cacareo siseante y chirriante que, según Castroviejo "recuerda a una sierra cortando la madera o al eje mal engrasado de una carretilla en movimiento". Refilo, en los bosques pirenaicos, carraca, carretilla, sierrina y tiple, en la Cordillera Cantábrica, son otros tantos nombres vernáculos que hacen alusión a este parloteo "desengrasado" del gallo de bosque.

Se llame como se llame, en esta fase final de la estrofa el gallo no oye nada, está completamente sordo con la cola completamente desplegada, el cuello estirado y el pico apuntando hacia el negro cielo. Habitualmente era el momento empleado por quienes, años atrás, preferían destrozar el mito con un disparo en lugar de pararse a escuchar.

La noche llega a su fin. Se acerca el día, y hacia el este el cielo empieza a grisear. Reclama y canta un petirrojo, con sus frases deslabazadas, sin un final definido. En este momento los dos gallos dan por concluido su pavoneo y vuelan pesadamente hacia el suelo, en busca de refugio entre el sotobosque. Se incorporan las voces de otras aves forestales: el relincho de los picapinos, arrendajos, carboneros garrapinos… La mañana prosigue su avance y la hora del urogallo ha llegado a su fin.

Esterri d'Aneu, mayo de 2.002, de la mano de Jordi Canut, biólogo del Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, gran caminante nocturno, guardián de los últimos urogallos del Pallars .

 

[Fuente: muyinteresante]

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