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Biografía.- Arthur Conan Doyle.

• BIOGRAFÍAS


Ilustración: Gaspar Meana.

♦ Miembro de una familia de artistas, estudió Medicina en Edimburgo. En la facultad conoció al profesor Bell, un apasionado del método deductivo, en quien se inspiró para trazar la personalidad del célebre Sherlock Holmes. Conservador, defendía el mantenimiento del imperio británico.

► Arthur Conan Doyle, el padre del detective más famoso del mundo .

Se convirtió en uno de los personajes imprescindibles de la época victoriana. Su alma inquieta conjugó a la perfección su carrera médica con sus pasiones viajeras y literarias. Deportista, practicante del espiritismo y defensor de los valores del imperio británico, vivió con intensidad cada momento mientras su imaginación alumbraba las historias más fascinantes. El artífice de la figura detectivesca por antonomasia nació en Edimburgo (Escocia) el 22 de mayo de 1859. Sus padres, Charles Doyle y Mary Foley, formaban parte de una familia de prósperos artistas, aunque su progenitor acabó en un centro especializado, víctima de la depresión y el alcohol. El pequeño Arthur recibió la tutela de su tío abuelo, Michael Conan (del que tomó su apellido), y de Brian Waller, un médico amigo de la familia, presunto amante de su madre que influyó decisivamente para que el joven se matriculase en la Facultad de Medicina de su ciudad natal. Fue en las aulas universitarias donde el futuro escritor quedó marcado por las enseñanzas de un profesor, Joseph Bell. Éste supo inculcar en sus alumnos su pasión por el método deductivo en el tratamiento de los pacientes. El propio Bell sería el claro inspirador para Conan Doyle a la hora de trazar la personalidad de Sherlock Holmes, su personaje literario más característico. Finalizados los estudios, el flamante doctor se embarcó en diferentes navíos, con lo que pudo viajar por medio mundo, incluidos los mares árticos o las costas africanas. Más tarde, ya instalado en Reino Unido, montó su propia consulta, se casó con Marie Louise Hawkins y tuvieron dos hijos. En ese tiempo, la falta de pacientes que confiasen en él le llevó a ocupar sus largos ratos de ocio en la creación de sus primeras obras. De ese modo, surgieron las iniciales aventuras de Sherlock Holmes y su compañero, el doctor Watson, que aparecieron, en 1887, bajo el título Estudio en escarlata. De este texto Conan Doyle sólo recibió 25 libras esterlinas como pago total por los derechos exclusivos de la obra. Casi de inmediato el éxito acompañó al autor escocés, si bien el singular investigador criminal no fue nunca del agrado de su creador y quiso eliminarlo en 1891 en el cuarto libro titulado El problema final. Para entonces Conan Doyle había abandonado su consulta médica en la localidad de Southsea, dedicándose por completo a la literatura. En el terreno familiar tuvo que asumir la grave tuberculosis que atenazaba a su esposa, y por ello viajaron al continente europeo, buscando lugares que mejorasen el estado de Marie Louise. Precisamente, durante su estancia en Suiza se convirtió en uno de los introductores del esquí en el país alpino, deporte que él había visto practicar en Noruega. A finales del siglo XIX se alistó como médico militar en el ejército británico que combatía a los bóers en Sudáfrica. Su espíritu conservador le empujó a protagonizar encendidas defensas sobre los beneficios emanados del imperio, y rubricó obras de ensayo, donde se ensalzaban los valores de las actuaciones de su país en el concierto internacional, mientras recuperaba el personaje de Holmes en textos como El sabueso de los Baskerville. En 1902, la publicación de La guerra de los bóers y Guerra en Sudáfrica le valieron su incorporación a la nómina de caballeros del imperio británico. Cuatro años más tarde, falleció su esposa y poco después se casaba con Jean Leckie, con la que tuvo otros tres hijos. En el plano religioso, Conan Doyle abandonó su credo católico para abrazar el espiritismo, creencia estaba muy en boga en aquellos años. El escritor llegó a encabezar investigaciones paranormales que no siempre fueron acertadas, como cuando dio validez al fraude fotográfico de las hadas de Cottingley. En todo caso, aquel engaño no menoscabó su ya acreditado prestigio y él siguió firme en sus creencias. Tanto que desde que, en 1918, muriera uno de sus hijos en la Primera Guerra Mundial hasta el final de sus días, el escritor siempre intentó contactar con él a través del espiritismo. Sobre Sherlock Holmes llegó a publicar más de 60 relatos, a los que sumó obras de corte histórico como Sir Nigel o La compañía blanca, amén de diversas obras teatrales, ensayos, poesías o novelas de aventuras como las protagonizadas por el brillante profesor Challenger, otro de sus carismáticos personajes. Arthur Conan Doyle murió el 7 de julio de 1930, víctima de un infarto al corazón. Pero antes dejó una deliciosa autobiografía en la que aseguraba que su vida fue tan rica y emocionante que hubiese completado con ella varios volúmenes. El escritor no quiso que en su lápida figurase la fecha del óbito, pues no creía en la muerte. En cambio ordenó que en el epitafio rezase la frase: «Temple de acero, rectitud de espada». Todo un lema para un inquebrantable buscador.

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