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Crónica de Sotoancho.- Tragedia

► Tragedia.

■ Cuando agoniza agosto, siempre surge alguna piedra en el camino de la armonía. Algo tiene de maléfico el fin agosteño. El calor acumulado en los organismo puede tener la culpa. Y más si la pasión y el amor andan de por medio. Ya conocen los lectores de estas crónicas quien es Modesto. Mi Guarda Mayor. Hombre seco, educado, fuerte y honrado a carta cabal. Salió del armario dos años atrás, y me pidió permiso para traerse a su casa a su enamorado, un camerunés apodado Bubú. Por Modesto y por mi respeto a las leyes, no puse inconveniente al traslado de Buba a La Jaralera. Mi madre protestó airadamente, pero no viene al caso recordar que mi autoridad es la que impera. Y Bubú se dedicó a las labores del campo. Tiene un secreto, proveniente del brujo de su tribu, que alcanza las cercanías del milagro. Un ungüento que fulmina a las orugas que atacan las encinas. Con una paleta impregna el tronco de la encina enferma, y en dos días todas las orugas la han cascado y la encina se siente de nuevo libre y confiada. No le ha revelado la fórmula ni a Modesto. El hecho es que Modesto y Bubú se han peleado. Modesto dice que ha sorprendido a Bubú en el pueblo paseando de la mano con otro negro, y Bubú asegura que se trataba de un paisano con el que hizo amistad en la patera. Que no tiene nada que ver sentimentalmente con él, y que la costumbre de pasear de la mano con otro hombre está muy arraigada en su tierra. Lo hacen desde niños para no perderse en la sabana y quedar a merced de los leones. La verdad, es que su exposición me ha convencido. Pero no a Modesto. Mi Guarda Mayor es hombre receloso y observador, y asegura que el paseo de la mano del desconocido no es lo que le entristece. Según su versión, lo que más le dolió fue la mirada que dedicaba Bubú a su compañero. Modesto, que no se anda con chiquitas, esperó a Bubú en su casa, y cuando éste llego le pegó un bofetón. Bubú se lo devolvió. Modesto reincidió en la leche y Bubú no se quedó manco, y ahora están los dos que da pena verlos. He pedido a don Crispín que interceda como hombre de Dios, pero el capellán no gusta de las parejas homosexuales y se ha negado a participar en el proceso. En vista de ello, he sido yo el encargado de poner paz y encauzar de nuevo la vida de estos dos empleados que tanta falta me hacen. He mandado a Miroslav, mi jefe de seguridad serbio, con 6.000 euros en un sobre para que se lo entregue al amigo de Bubú con la condición de que no aparezca por aquí nunca más. He reunido a ambos en mi despacho y les he hecho partícipes de los cuernos que me ha puesto Marsa mi mujer en diversas ocasiones, y de mi capacidad para entender esos deslices vitales y perdonarlos. Lo cierto es que este ejemplo ha ablandado sus gestos y se han mirado por primera vez. Ignoro qué pasará. Han abandonado mi despacho de la mano, e intuyo que ahora mismo se están besando. Gracias a mí.

Divúlgalo

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