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Esplendor y caída de los emporios de Wall Street


 

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Construir un imperio económico es una ardua tarea para un sólo hombre. Casi tanto como hacerlo desaparecer en unos meses. Pero tenemos ambos ejemplos ante nosotros. Merrill y Lynch, los hermanos Lehman, Cornelius V. Starr o Morgan y Stanley forjaron el mito del sueño americano y levantaron las grandes corporaciones financieras del siglo XX. Ahora, esos imperios han hecho agua por la avaricia de sus sucesores. Éstas son sus historias.

LAS DOS CARAS DEL SUEÑO AMERICANO

Charles Merrill, que había nacido en 1886 en un modesto pueblo de Florida, llegó a Nueva York con 20 años «a probar suerte». Allí comenzó a trabajar como chico de los recados en una empresa textil. Era listo, y a los dos años ya era el director. Poco tiempo después, en 1913, montó su propia empresa de inversiones, a la que invitó a unirse a Edmund Lynch, un amiguete al que había conocido buscando piso. Comenzaba así su andadura Merrill Lynch, la que iba a ser una de las más grandes firmas de inversión del mundo.

La intuición de Merrill y su conocimiento del mercado lo llevaron a ser uno de los pocos capaces de predecir el crack del 29 y abandonar la Bolsa a tiempo. En 1940, Merrill Lynch volvió a involucrarse en los mercados de valores. Se unió a firmas como Pierce, Fenner y Beane para formar el bróker inmobiliario más grande del planeta. Pero Merrill seguía empeñado en su gran objetivo: acercar los secretos de Wall Street a los modestos ahorradores. Su compañía le sirvió de plataforma para organizar charlas, eventos y conferencias en las que explicaba con lenguaje simple cómo cualquier inversor podía probar suerte en el mercado financiero.

Pero no todo era trabajo en su vida, su foto era habitual en las páginas de cotilleo: se casó tres veces y alardeaba de tener incontables escarceos sentimentales. En 1956, cuando murió, su empresa ya se había consolidado como la mayor firma de corretaje del mundo. Tenía 115 oficinas en EE.UU., más de 100 socios y 570 empleados.

Más de 50 años después... Tenemos que adelantar el reloj hasta 2007. El mismo despacho donde se sentaba Merrill lo ocupa ahora el directivo mejor pagado de las compañías que cotizan en el índice Standard & Poor 500. En ese año se embolsó 83 millones de dólares. Pero este chico listo de Illinois es de los que suda la camiseta o, en este caso, la corbata. En 1977 se graduó como ingeniero electrónico y es conocido como The human (El Humano). Se ganó el apodo mientras dirigía Goldman Sach, entre 1999 y 2003, y es de los pocos directivos de Wall Street que se preocupa por sus empleados. Pero, por si esto fuera poco, se ha ganado entre los suyos la fama de ser `el bombero´ de la City: con sólo 55 años ya ha acudido a salvar a dos de los grandes colosos financieros. El primero en 2003, cuando se hizo cargo, con gran éxito, de la Bolsa de Nueva York. El segundo, con desigual resultado, sacar a flote una depauperada Merrill Lynch, en diciembre de 2007.

El resultado de su intervención, visto lo visto, quizá no haya sido uno de los más brillantes de su vida, pero el objetivo no era fácil. Las acciones de Merrill Lynch han perdido un 70 por ciento de su valor, pero finalmente ha conseguido salvar el pellejo. Thain llamó a su colega Kenneth Lewis de Bank of America y lo convenció para que le comprara la empresa a un precio aceptable. «Es mejor perder algo que perderlo todo», aseguran que dijo mientras firmaba la venta y, de paso, se aseguraba la dirección en sus manos. Eso sí, el señor Thain no ha olvidado incluir en la negociación un suculento contrato blindado para sí mismo por nada menos que 200 millones de dólares.

LEHMAN BROTHERS

Dos hermanos hechos a sí mismos.
Los Lehman son el más claro ejemplo del sueño americano. En sólo una generación pasaron de ser una familia de ganaderos en Bavaria (Alemania) a unos fructíferos hombres de negocios en Nueva York.

Todo comenzó en 1844, cuando el venerable Henry Lehman decidió emigrar y abrió en Montgomery, Alabama, una tienda de comestibles. Poco después llegaron sus hermanos Emanuel y Mayer. En aquella época, el sur de EE.UU. era el centro del negocio algodonero. Muchos de los granjeros que no tenían efectivo pagaban a los Lehman con fardos. Lo que empezó siendo un favor a algunos vecinos se convirtió en la clave de su negocio. Con el beneficio del algodón, los Lehman comenzaron a comprar y vender propiedades a los granjeros. Su fortuna no paraba de crecer y cuando Henry murió y el sur perdió la hegemonía del algodón, Emanuel y Mayer se instalaron en Nueva York y abrieron la primera sede de Lehman Brothers. Mayer, más intrépido, hacía el dinero y Emanuel, más conservador, se encargaba de que no se perdiera ni un céntimo. Se especializaron en el comercio de materias primas, algodón, café y petróleo. Mayer murió en 1887 y su hermano, diez años después. Las bases de la financiera más grande de la historia estaban puestas: la segunda generación se encargó de dar paso de comerciantes a banqueros.

Y en esto llegó Dick Fuld. A principios de 2008, Dick Fuld era el consejero delegado de Lehman Brothers. Con cara de circunstancias, citó a los máximos ejecutivos de la compañía. «Chicos, la situación de la empresa no es buena», los avisó. Está claro que a uno de los mejores directivos del mundo la debacle no le podía pillar por sorpresa. Aun así es difícil saber si aquel día, El Gorila, como lo llaman en Wall Street, era consciente de que al `enfermo´ apenas le quedaban ocho meses de vida.

Fuld había comenzado a trabajar en Lehman en 1969 como comercial. Hasta entonces había sido piloto de la Armada, pero una pelea con uno de sus superiores lo obligó a arrancarse los galones. En Lehman se hablaba de su capacidad de trabajo, pero también se forjó la fama de ser uno de los ejecutivos más agresivos de Wall Street… y uno de los más presumidos. Aseguran que enloquece por la ropa de marca. Claro que puede permitírselo, porque en 2007 se embolsó 45 millones de dólares y un bonus de 22.

Pero en los últimos meses al frente de Lehman sobrevaloró su destreza. Con él, la empresa había caído en la vorágine de aprobar hipotecas de alto riesgo, empaquetarlas y luego volver a venderlas a fondos de inversión olvidando que detrás de todo ello había familias altamente endeudadas. Cuando éstas dejaron de pagar, se produjo un `efecto dominó´ y las cuentas de Lehman quedaron tocadas de muerte. Además, Fuld fue incapaz de vender la compañía a tiempo y acusó a los periodistas de la debacle. Pero sus colegas no parecen pensar lo mismo. Un día después del cierre, un compañero le dio un puñetazo mientras corría en la cinta del gimnasio y otros escribieron insultos en la puerta de la sede de la compañía. Y es comprensible, mientras la gestión de Fuld los enviaba al desempleo, él se había embolsado 500 millones de dólares y su mujer, Kathy Fuld, había acumulado una exquisita colección de arte valorada en miles de millones.

AMERICAN INERNATIONAL GROUP (AIG)

Cornelius Vander Starr: el señor de las pólizas.

El fundador de la mayor aseguradora del mundo, AIG, hizo sus pinitos profesionales en una heladería en Fort Bragg, su pueblo natal en California. Pero la de Starr no iba a ser una vida provinciana. Con 22 años se trasladó a San Francisco. Durante el día vendía seguros de coche y por la noche estudiaba para ser abogado. Superada la prueba, montó su propia compañía de seguros. Pero San Francisco se le quedaba pequeño y se marchó a Shanghái, desde donde empezó a poner las bases de su imperio, una pequeña compañía de seguros –Asia Life Insurance Company (Alico)–, al principio, especializada en pólizas marítimas y de incendios. En poco tiempo extendió su actividad a seguros de accidente y vida y se expandió por toda China, Indochina, Singapur y Filipinas. La clave de su éxito fue colocar al frente de sus sedes a un experto que conociera la idiosincrasia y la forma de vida de la población local.

Además de los seguros, Cornelius Vander Starr tenía otro hobby: el periodismo. Fundó dos diarios: el Shanghai Evening Post y el Mercury. Ambos cerraron en 1949 cuando el régimen comunista de Mao se adueñó de China, porque Starr no quería someterse a la censura y ese mismo año trasladó el centro de su negocio a Nueva York. La expansión siguió por Latinoamérica y el Caribe y la compañía pasó a llamarse American Insurance Group (AIG). Al final de 1950, sus seguros estaban en más de 70 países. Casado, pero sin hijos, volcó su herencia en la ayuda a los jóvenes y fundaciones de arte y cultura asiáticos. Murió en 1968 sin saber lo que iba a pasar con la mayor aseguradora del mundo...

El día negro de Martin J. Sullivan. El 7 de octubre de 2008 fue, posiblemente, el más amargo en la vida de Sullivan. Después de tres años como máximo responsable de la aseguradora y toda una vida dedicada a la compañía, negaba en el Capitolio cualquier responsabilidad en la pésima gestión que había hundido la firma. Con esas palabras hundía también toda su carrera.

Nacido en 1955 en Essex, Gran Bretaña, en una familia acomodada, estudió en una selecta universidad y en 1971 fue contratado en el departamento financiero de AIU, división de AIG. De allí seguiría escalando puestos hasta que en 2005 accedió al cargo que siempre había soñado: director general de la empresa. Sullivan acumuló decenas de reconocimientos profesionales y hasta fue nombrado miembro de la Orden del Imperio Británico.

A pesar de ello, hace unos meses tuvo que dejar el puesto tras dos semestres continuados de pérdidas en AIG. Y es que, desde que tomó el control de la compañía, Sullivan apostó por unos complicados productos financieros: credit default swpas, algo así como costosísimos seguros que sirven para protegerse de la quiebra de una inversión. Muchos fueron suscritos por inversores en hipotecas de alto riesgo y, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, las quiebras no pararon de sucederse. ¿Resultado? Un agujero de 85.000 millones de dólares que sólo ha podido subsanar el rescate de la Reserva Federal Americana. A pesar de su pésima gestión, Sullivan se ha marchado a su casa con 15 millones de dólares como indemnización y un bonus de cuatro millones, además de mantenerle su despacho hasta final de año.

MORGAN STANLEY

Dos amigos en el parqué.
Henry nació en una familia de banqueros `de toda la vida´. Su padre era John Pierpout Morgan, que dio nombre a la financiera JP Morgan, y su madre, hija de uno de los mayores banqueros de Boston. Henry no tenía dudas que cuál iba a ser su futuro y desarrolló toda su carrera en la compañía de su padre. Y fue allí donde conoció a Herald Stanley. Ambos sufrieron la crisis del 29 y gracias a ese crack se fraguó su aventura. En 1933, el Gobierno obligó a las entidades financieras a separar la división comercial de la de inversión, y así surgió la idea de montar una nueva rama de JP Morgan: Morgan Stanley, una compañía tan grande que llegó a convertirse en el principal rival de su matriz.

John Mack y su fulgurante carrera. Con cinco hermanos e hijo del dueño de una tienda de ultramarinos, nadie en Wall Street habría apostado por John Mack. John pudo estudiar en Duke gracias a una beca que consiguió jugando al fútbol. En 1972 logró un empleo como gestor comercial en Morgan Stanley y en sólo dos años era vicepresidente. Sin embargo, su éxito afectó a su carácter: se convertió en uno de los más fieros directivos de las finanzas mundiales. «Huelo a sangre» era su frase favorita. En 1997 tuvo un sonado enfrentamiento por el poder con Phil Purcell, entonces máximo directivo de Morgan Stanley. Ganó Purcell, y Mack dejó la compañía. En 2001 asumió el reto de reflotar la Credit Suisse First Boston. Y lo hizo: eliminó 10.000 empleos, redujo costes y en tres años recuperó 3.000 millones de dólares.

En 2005, Morgan Stanley vuelve a reclamar sus servicios para reemplazar a su enemigo Purcell. Para entonces el carácter de Mack se había dulcificado, pero había perdido su eficacia gestora. Se confió con el enriquecimiento rápido de los productos derivados de las hipotecas subprime, y apostó demasiado fuerte. Pero con el frenazo inmobiliario llegaron los impagos y la insolvencia de la compañía. «Fue un error de juicio», aseguró cuando presentó unas pérdidas de más de 9.000 millones de dólares.

John Mack

De Harold Stanley a John Mack
El financiero Stanley sufrió el crack del 29. Aun así, su liberalismo le hizo criticar la excesiva regulación del Gobierno sobre las financieras. Quizá ahora no defendería lo mismo. El emporio que él creó, Morgan & Stanley, ha caído con las subprime. También su consejero delegado, John Mack, uno de los más agresivos de Wall Street. «¡Huelo a sangre!», decía.

John Thain

De Charles Merrill a John Thain
Charles Merrill y Edmund Lynch se conocieron buscando piso y en poco tiempo montaron una gran firma de inversión. Su filosofía era «acercar Wall Street a la gente corriente», para lo que incluso daban cursos sobre cómo invertir. Debieron dárselos a sus actuales directivos. John Thain ha tenido que vender la compañía a Bank of America.

Dick Fuld

De los hermanos Lehman a Dick Fuld
Los Lehman llegaron a Alabama desde Alemania a mediados del XIX. Hicieron fortuna tratando con algodón. Al instalarse en Nueva York controlaban ya el comercio de las principales materias primas. Dick Fuld ha sido el último presidente de la firma más antigua de Wall Street. La quebró el mes pasado. Ganaba 17.000 dólares a la hora.

Martin Sullivan

De Cornelius a Martin Sullivan
Cornelius Vander Starr comenzó vendiendo helados en California y acabó creando la mayor aseguradora del planeta, tras una intrépida labor emprendedora en Asia. Martin Sullivan le hizo a la compañía un agujero de 85.000 millones de dólares. Eso sí, pese a haber hundido la compañía, se llevó una indemnización de 15 millones.

Fuente:  xlsemanales│ Pilar Blázquez

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