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¿Cómo vive el perro con más suerte de España?


○ Animales ○

De etiqueta. Esmoquin Poppy´s Corner Shop, 55 euros. Pajarita de seda Hermés, 100 euros. 

De etiqueta. Esmoquin Poppy´s Corner Shop, 55 euros. Pajarita de seda Hermés, 100 euros.

Se llama Cook, es catalán y costó 420 euros. Tiene 8 años y desde hace 4 es imagen de loterías del Estado. Su dueño, adiestrador canino, nunca juega (…) .

En medio de una nada asfaltada, un mastín dedicaba una última mirada de incredulidad, de infinita pena. La puerta del coche se cerraba sin él dentro. ¡Blam! Libres del estorbo, sus amos aceleraban. Carretera, manta y veraneo. «Él nunca lo haría. No lo abandones», rezaba la impactante publicidad en los 80. Veintitantos años después resulta que sí que lo haría. Que nuestra mascota fiel, nuestro peludo amigo del alma puede dejarnos con tres palmos de narices y largarse. Le mandas a echar la Primitiva y se fuga con los seis aciertos entre los colmillos. Guau y adiós muy buenas.

Pancho, Panchito, ¡cómo pudiste hacerme esto a mí!, que diría el estribillo pegamoide. Por el birlibirloque de los anuncios Pancho es el perro más famoso de España; el can millonario que da suerte; el adorable traidor que se está pegando la vida padre gracias a sus brillantes actuaciones siendo la jeta canina de la Lotería Primitiva. Ya tiene red social y miles de amiguetes en Facebook, página web, blogs y demás jaleos cibernéticos. Pero Magazine ha descubierto su doble vida. Menudo truhán este fenómeno de masas.

Reposado. Cama en vinilo fucsia de Pet-á-porter, 325 euros. Chandal con capucha en berenjena Poppy´s Corner Shop, 59 euros. Collar dorado de Juicy Couture, 172 euros.

Reposado. Cama en vinilo fucsia de Pet-á-porter, 325 euros. Chandal con capucha en berenjena Poppy´s Corner Shop, 59 euros. Collar dorado de Juicy Couture, 172 euros.

Doble identidad. Cuando callan los flashes, los focos duermen y cesa la fama al fin, Pancho se vuelve terrenal. Deja las poses en el camerino. No dilapida en lujos. Sale de su mansión, en un lugar secreto, y vuelve a casa en Torrejón del Rey, a pocos kilómetros de Guadalajara. Y como si fuera un testigo protegido, cambia de identidad. Hasta de nombre. En realidad se llama Cook. Cookie para su círculo íntimo. Cook es pequeño (28 cm de espalda, ocho de pecho), peludo (con parche en el ojo), tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos (pesa siete kilos). Pero su dueño no es el poeta Juan Ramón Jiménez y no nació en el bucólico litoral de Moguer. Antonio Valor, pacense del Valle de la Serena, 43 años, le lleva los asuntos a este hermoso jack russell con arrobadora pinta de chucho sin pedigrí que se ha reconvertido en divo de la tele. Antonio le adiestra. Le coge el móvil. Ata y desata contratos. Gestiona sus ganancias. Dosifica las caricias cuando trabaja bien y premia con salchichas de Fráncfort marca Snackis –su manjar favorito– su obediencia. Ladra. Levanta la patita. Camina hasta aquí. Corre. Sube. Baja. Quieto. Duerme. ¡Túmbate!, llegan a sus orejas como imperativos diarios. Y los ejecuta con precisión. Mezcla ternura con pizcas de descaro. Pone ojitos desde los faldones de portada de los periódicos, las marquesinas de los autobuses o los anuncios en prime time. Lo mismo le da. Recursos para que tachemos esa combinación improbable de seis números que abre un mundo sin Euribor. Tan convincente que sólo falta que le den el Ondas. O el Oscar. Famosísimo y adorado por los telespectadores, Pancho ha vampirizado el nombre de su propia raza. Para el gran público, un jack russell –perro de caza que toma su nombre de un reverendo inglés del siglo XVII– ya es el perro de la Primitiva, canis primitivus o como se traduzca en el idioma del canto gregoriano. Que los taxonomitas que bautizan a los seres vivos tomen nota. De momento la estrella sólo atiende a su amo.

Con más de media vida adiestrando perros y prestando animales para shows de todo pelaje, Antonio Valor pasea por Torrelaguna, a las afueras Madrid, con el animal como una disciplinada extensión a ras de suelo. La mascota-actor camina garbosamente y percute sus patitas en la acera mojada. Tap, tap, tap, tamborilean las pezuñas. «¡Aquí vengo yo!», anuncia en chulesco lenguaje corporal. «¿Puedo entrar con él?», pregunta Antonio al dueño del bar para tomar café en una tormentosa mañana... de perros. Humeantes los desayunos, se pone en marcha la memoria. El fabulista Esopo comenzaría: érase una vez un cachorro de jack russell... «Pues resulta que es catalán. Ja, ja, ja. Fue cosa de mi mujer, que quería tener esta raza de perro. Ya habíamos hecho un anuncio de Polo con un jack russell que alquilamos a un hombre de Aranjuez y nos gustó mucho. Esta vez fuimos a comprarlo a Castelldefels [a las afueras de Barcelona] a una chica que tenía dos cachorros. Llegamos a él a través de revistas profesionales puesto que en el año 2000 ese perro era muy difícil de encontrar en España. Tenía un hermano igualito a él, con las mismas hechuras. Tremendo. Haciendo gala de su origen, era el típico caballero inglés. Las mataba callando. Le fui a dar una tarjeta a la vendedora y el perro la cogió con la boca. Eso ya me terminó de enamorar. ‘Le haremos famoso’, le dijimos a ella», recuerda Antonio con dotes de adivino. Se zamparon una paella, durante el postre salieron de su cartera 70.000 pesetas (420 euros) y por la tarde, Cook viajaba camino de Madrid. Sólo tenía cuatro meses.

Sofisticado. Cama de Bottega Veneta 820 euros. Comedero de Poppy´s Corner Shop, 80 euros. Bolsa y trasportín de Dolce&Gabana (consultar punto de venta).

Sofisticado. Cama de Bottega Veneta 820 euros. Comedero de Poppy´s Corner Shop, 80 euros. Bolsa y trasportín de Dolce&Gabana (consultar punto de venta).

Rebautizado. Nacido el 5 de noviembre de 2000, se llamaba Lucke de cachorro, si bien era un nombre poco musical. «Le llamaremos Cook», dijo Yolanda, esposa de Antonio y más apasionada de los canes que su marido, si cabe. Ambos forjaban con el fichaje una carrera meteórica de un perro llamado Cook y con apellido 985 ı20 006 903 335, número de su chip y con el que firma los contratos. Pitonisos, sentaban las bases de una futura estrella. Merecían el éxito por persistentes. Tiempos pasados no fueron mejores. «He sido autodidacta. Empecé a adiestrar perros, en temas de residencia y cría canina, hace unos ı2 años. Pero antes invertí mi tiempo y mi juventud en ello. Mis padres tienen una finca grande en Extremadura, con ganado y mastines que cuidaban los rebaños y atacaban a los lobos. Los perros me llamaban mucho atención y a los ı8 años me marché de casa. Un amigo me presentó un perro adiestrado. Me dejó perplejo y me convencí a mí mismo. ‘Tengo que dedicarme a esto’», se dijo. Obnubilado como Don Quijote, Antonio devora libros, recopila consejos y se fija en los mejores profesionales. En los 80 trabaja gratis en un criadero de perros en Vicálvaro, al este de Madrid. Se aplica en todo antes de especializarse en animales para defensa personal. «Era una época de mucha inseguridad. Pedían perros las joyerías, bancos, farmacias, polígonos... Estoy forrado a bocaos de aquel entonces», jura. No hizo falta animarle mucho para que junto a un socio se enrolara en una escuela de adiestramiento en Alalpardo, Madrid. «Allí empiezo, con 2ı o 22 años, de lleno en este mundo, ya como negocio profesional, fundando la empresa Resican. Pasamos muchas crisis, porque era un artículo de lujo. Pese a todo continué, continué... Me quedé solo con el negocio y lo refloté porque conozco a mi mujer, apasionada de los animales como yo. Con mucho esfuerzo compro este terreno hace cuatro años», recoloca sus recuerdos.

Concierto canino. El murmullo del coche frente a la cancela de la finca de Antonio activa el alboroto. Ininteligible, nos saluda una sinfonía de ladridos que resuenan en 40.000 metros cuadrados de propiedad. Cook baja del auto de un salto. Otea las lomas serranas de Moraleja de Enmedio, olisquea el suelo y pasa revista a las jaulas de sus congéneres con altanería de coronel. «Tenemos unos ı00 perros, además de gallinas, conejos, cerditos, un burro, un caballo, un jabalí, gatos, patos y demás animales que nos piden para rodajes. Mira, ahí está la novieta del Cook. Se llama Turia, como el río», indica Antonio señalando a una pequeña jack russell. «Y ese es Ramsés, su hijo. Sale en un anuncio de Ikea. Ahora va a hacer algo en televisión con una miss. No te creas que se llevan demasiado bien con Cook. Cook es muy dominante y no admite machos a su alrededor», explica como si fueran dos diminutos gallos de corral. La lluvia golpea las casetas. Mastines, labradores, chou-chou, pastores alemanes o san bernardos están a resguardo en este arca de Noé en la sierra pobre de Madrid; un zoológico devenido Actor’s Studio de canes que han sido perros Almodóvar, han hecho teatro en obras de Jardiel Poncela, han vendido coches en la tele o esperan su oportunidad en el estrellato mediático para dejar de tener celos de Cook. «Este es un faraón de Malta. Acabo de rodar con él Ágora, la última de Amenábar. Rachel Weisz está guapísima. Es un encanto. Y Amenábar, un genio», califica el extremeño. Unas casetas más allá de este pulgoso Sunset Bulevard, se despereza un San Bernardo que fue imagen de Seguros Helvetia. Dan ganas de ponerlo junto a la chimenea, pero el único que tiene el privilegio de vivir en casa con Antonio y Yolanda es Cook.

En uno de los extremos de la finca se ubica un circuito ginkana, la pista de entrenamiento de los animales. Allí ensayan carreras, simulacros, saltos, gestos, órdenes, negativas, disfrutan recompensas y aguantan –cariñosas– reprimendas. «Cook tiene una base grande de ejercicios. Ha crecido en un ambiente social bueno, mantiene una rutina y se ha habituado a la ciudad y a interiores. Primero se hacen ejercicios básicos con refuerzos positivos, como si fuera un juego. Se va subiendo de nivel, pidiéndole una actividad de mayor dificultad. Hay que motivarle con estímulos de comida. Luego en los rodajes todo se desaprende, porque te piden cosas totalmente contrarias al adiestramiento. Se puede hacer lo que te piden, pero al animal le haces un lío», explica. Cook come pienso de cachorros, indicado para perros con mucho desgaste. Si le dieran a elegir, se pirra por el jamón ibérico. Adora a las mujeres. Le asustan los ruidos imprevistos y las tormentas. No le arredran las claquetas, ya chasquen para anunciar cervezas, para un promocional de RTVE o para entretener a las vecinas fisgonas de la serie Aquí no hay quien viva.

Para Loterías y Apuestas del Estado mutó en Pancho en 2004. El diccionario de la RAE dice que la voz pancho equivale a «tranquilo, inalterado, satisfecho con algo». Ese poderío calmo era lo que buscaba la agencia Tactics para una memorable campaña. Verónica Seguí, directora de Servicios al Cliente de Tactics Europe y con ı6 años de experiencia en la agencia, gestiona la cuenta de la Primitiva desde la creación de chucho tan popular. «Esta criatura nació del director creativo, Juan Seguí. Además de su vocación publicitaria, es un gran amante de los perros. Necesitábamos uno con unas características especiales: simpático, ágil, habilidoso, inteligente, con picardía... pero que, además, tuviese ese punto de clase y glamour al convertirse en millonario. Necesitábamos un perro ‘casi humano’. Todas esas características las encontramos en el jack russell. Todo esto no sería creíble con una iguana, un cocodrilo o un loro», detalla. Nadie podía atisbar que se modelaba un fenómeno social de cuatro patas. «Además de cumplir los objetivos marcados por Loterías y Apuestas del Estado, en este caso nos hemos encontrado con una acogida increíble. Pancho ha ido más allá del cumplimiento de objetivos, ha traspasado la acción publicitaria para instalarse en la memoria colectiva y convertirse en un icono. Llegar a ese nivel de aceptación de la sociedad es, efectivamente, impredecible», remata. Testamos sus palabras con experimento de campo: una indeterminada administración de Lotería, ı0 de la mañana. Una mujer entrada en años se dispone a sellar su boleto de la Primitiva. El perro se encarama al mostrador. «¡Hay que bonito. Si es el de los anuncios!», exclama, mientras le frota el boleto por su lomo para que lo impregne de fortuna. Prueba superada: penetración publicitaria extrema. ¿Ha convertido Cook en millonario a su dueño? ¿Le tocó la Primi con el perro? «Sí, me ha tocado. Todo el mundo desearía tener un perro como Cook. Está claro que los contratos los cobro yo. Pero no lo vendo ni por un millón de euros. A mí me han dado cheques en blanco por un rottweiler, el más bonito del mundo, hace ı5 años. No lo vendí. Sería romper un código que tengo yo con mis animales. Esto es vocacional», defiende Antonio, que no juega a la Primitiva en la vida real.

Campestre. Trench rojo Poppy´s Corner Shop, 89 euros. Pañuelo Louis Vuitton, 195 euros. Manta de Loewe, 290 euros. Pastel y taza de Juicy Couture, 25 euros cada uno. Tarro de galletas de Juicy Couture, 79 euros.

Campestre. Trench rojo Poppy´s Corner Shop, 89 euros. Pañuelo Louis Vuitton, 195 euros. Manta de Loewe, 290 euros. Pastel y taza de Juicy Couture, 25 euros cada uno. Tarro de galletas de Juicy Couture, 79 euros.

En exclusiva. Desde que empezó a trabajar en el show business Cook mete en su cartilla del banco unos 500 euros por día de rodaje, más que muchos actores con diálogo. Tiene contrato en exclusiva con Loterías, así que para que no aparezca en otros anuncios le han debido apoquinar un dineral. Antonio guarda silencio y ríe maliciosamente si se habla de cifras. Sabe que custodia al jack russell de los huevos de oro –con perdón–. «No hay seguro de vida para él. En la póliza más alta que existe pagas 500 euros al año y te la hace Mapfre. El valor sería de 6.000 euros en caso de accidente, invalidez o muerte y no compensa. En Inglaterra sí le hicieron uno de 25 kilos para un anuncio», explica. ¿Hasta cuándo se va a prolongar la vida comercial de Pancho? «Cuando cese su contrato con la Primitiva, como le pasó al calvo de la Lotería de Navidad, ¿que pasará? ¿Venderá algo o no? No se puede predecir, pero esa ternura podría vender cualquier otro producto. Y hasta los ı7 años podrá trabajar. Ventajas de tener un pelo roto de color claro y una cara de cachorro», señala el adiestrador. En la otra vertiente, Verónica sostiene que «el final lo marcará el público. Mientras nuestros protagonistas sigan despertando una sonrisa entre los espectadores, Pancho estará ahí». Y Antonio, a su vera.

Fuente:  magazine el mundo.es│Por Javier Caballero. Fotografías de Luis Malibrán.

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