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Biografía, Rodrigo Díaz de Vivar


• BIOGRAFÍAS


♦ Nacido en 1043, se educó junto al infante Sancho de Castilla, a cuyas órdenes luchó desde que éste se convirtió en rey hasta su muerte (1072). Desterrado durante parte del reinado de Alfonso VI (sucesor de Sancho), se hizo soldado de fortuna, acrecentando así la fama del Campeador.

► Rodrigo Díaz de Vivar, la leyenda de un caballero burgalés

El Cid Campeador encarna a la perfección la figura de caballero medieval fiel a su espada y corazón, lo que le convirtió en defensor de los valores esenciales de aquel siglo XI marcado por la guerra. Sus heroicas gestas, junto a su caballo Babieca, sobrevivieron a su muerte, y en forma de cantares y poemas recorrieron los caminos gracias a la inestimable ayuda de los juglares. Rodrigo Díaz de Vivar llegó a este mundo hacia 1043, en Vivar, una pequeña aldea localizada a nueve kilómetros de la ciudad de Burgos. Pertenecía al seno de una familia inscrita en la baja nobleza castellana. Su padre, Diego Laínez, era un famoso hidalgo que había conseguido para Castilla las fortalezas de Ubierna, Urbel y la Piedra, encontrándose al servicio personal del infante don Sancho, primogénito del rey Fernando I de Castilla. El joven fue creciendo rodeado por las circunstancias que envolvían a un reino cuajado de intrigas, y muy pronto gozó del aprecio del infante, quien vio en el muchacho las cualidades que más tarde le harían uno de los principales protagonistas de su siglo. En 1062, sin haber cumplido 19 años, Rodrigo fue alzado a la categoría de caballero. Desde entonces, su brazo y espada sirvieron con absoluta lealtad al que tres años más tarde sería proclamado rey de Castilla tras fallecer Fernando I, el Magno. En 1066, el rey le nombró portaestandarte de los ejércitos castellanos. Precisamente, en estos años el nuevo abanderado de las huestes cristianas se ganó a pulso el apelativo de Campeador. Donde seguramente se hizo merecedor de este título fue en las guerras que Castilla libraba por tierras aragonesas y navarras con el fin de asegurar sus fronteras del este. Allí manejó con tanto ardor las armas que sus soldados le denominaron campi docto, maestro de armas en el campo de batalla. Tras la brumosa muerte del rey Sancho II (1072), se puso al servicio del nuevo soberano, Alfonso VI. En 1074 el monarca le concedió la mano de su prima doña Jimena, hija del conde de Oviedo, con la que tuvo tres hijos: Cristina, María y Diego, quien fallecería años más tarde combatiendo en la batalla de Consuegra. Gracias a la fuerza vital del rey Alfonso, el poder del nuevo reino de Castilla comenzó a presionar a los pequeños enclaves musulmanes que, a duras penas, se sostenían sobre la península Ibérica. Llegó un momento en el que el pago de impuestos fue lo único que impedía un desastre mayor. Los reinos de Taifas se habían convertido en vasallos de los reinos cristianos y estos, lejos de anexionárselos, se conformaban con la entrega de abundantes tributos (parias). La peculiar fórmula económica funcionó durante los cerca de 60 años que permanecieron vigentes dichos reinos. El propio Cid intervino en algunas disputas con ellos, lo que le granjeó profundas enemistades en su bando al recelar muchos caballeros del prestigio que iba adquiriendo el de Vivar. A decir verdad, el desconfiado Alfonso VI nunca mantuvo buenas relaciones con su mejor capitán; la humillante jura de Santa Gadea [hizo jurar al rey que no tuvo nada que ver con la muerte de su hermano Sancho II] y otros escenarios poco venturosos determinaron dos exilios para el valiente militar. Al burgalés no le quedó más remedio que ofrecerse como soldado de fortuna al mejor postor, asunto que no enturbió su fama, sino que la acrecentó. Combatiendo como mercenario al servicio de la Taifa zaragozana se ganó a pulso el apelativo de Sidi (Señor), al conseguir la victoria en más de100 combates durante cinco años. Después de esto dirigió sus tropas hacia Valencia, ciudad que conquistó en 1094, convirtiéndose en uno de los personajes más influyentes del momento. Desde la ciudad del Turia la alargada sombra del Cid se extendió por todo el Levante hispano. Finalmente se reconcilió con su rey y pudo ver como sus hijas se unían a los linajes reales de Navarra y Barcelona. En 1099 contrajo unas mortíferas fiebres que le arrebataron la vida a los 56 años. Hoy los restos de don Rodrigo Díaz de Vivar y los de su amada esposa, doña Jimena, reposan en la catedral de Burgos. La figura de este paradigmático paladín quedó ensalzada debido, en buena parte, a su cantar de gesta literario, el más antiguo y famoso de la poesía épica castellana. Desde su creación —en 1140 a cargo de un juglar anónimo de Medinacelli— hasta nuestros días, el Cantar de Mio Cid ha sido uno de los documentos que más hizo soñar a todas las generaciones que tuvieron la fortuna de leerlo. En 1304 el monje Pere Abbat transcribió a manuscrito este cantar, del que sobreviven 3.700 líneas evocadoras de un tiempo fundamental para la Historia de España.

[Fuente: Juan Antonio Cebrián]

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